24 de julio de 2011

El tomate


Este tomate, único tomate de una planta que nos regalaron, nos ha mantenido la ilusión y toda nuestra atención acompañada de una larga espera a que llegara la luna llena para madurar; ha cumplido con su condición de ser. Por fin lo separamos de su mata para comerlo y una cosa he de decir: Este tomate sabía a tomate. Gracias tomate, siempre te recordaré.

No sé qué pasa, pero últimamente no hago más que pedir en los mercados "huevos de corral", "pan rustico", "pan de leña", "pollo que se crie al aire libre", "hortalizas ecológicas, sin química", "carne de primera", "pescado libre", "leche de vaca entera", "tomates que sepan a tomate", etc.

¿Qué comíamos antes, huevos de laboratorio, pan cibernético, pollo submarino, hortalizas glaseadas, carne acristalada, pescado volador, tomates nitrogenados? Esto es el mundo al revés. Basura y además insípida es lo que comemos ahora. Nos vemos obligados demandar los productos naturales -con su adjetivo propio denominador de su esencia- que cultivaban nuestros abuelos con tanto esfuerzo y por el que les pagaban una miseria, mientras que los grandes distribuidores e intermediarios hacían el gran negocio. Pero claro, ahora se paga y qué bien se paga ante una demanda de un producto que pretende ser de nuevo "natural" y que resulta escaso ante la dificultad de su producción.

¡Ay, tomate! ¿Cuándo volveré a encontrarte de nuevo?