18 de febrero de 2010

A nosotros mismos.


La envidia y la avaricia son el motor de muchos, sobre todo de los que ya poséen una inmensidad de cosas. Ante la carencia, lo deseable sería lo justo para subsistir, pero cuando se supera esta fase cualquiera desea iguarlarse al que más posee con el fin superarle; de ahí que su impulso no le haga disfrutar de lo que ya tiene. Y en estos tiempos que corren aún queremos más, más y más. ¿Quién nos ayudará a recuperar el sentido común? ¿Quién nos hará ver que conformarnos ayuda a estabilizarnos para aspirar más tarde a todo lo que imaginemos? ¿A quién corresponde el orden económico? No al estado, no al gobierno, por lo que siempre parece y llega a ser.

Y entretanto perdemos nuestro tiempo en esforzarnos para comprender los manuales de los ordenadores, las funciones de nuestros teléfonos móviles, las teclas del mando a distancia, las complicadas señales de tráfico de las autopistas, las condiciones marcianas de la letra pequeña de los contratos bancarios, los prospectos de nuestros mejores amigos los fármacos, los deleznables archivos "power point" que nuestros conocidos envían una y otra vez, las actitudes abyectas de todos cuantos nos rodean Perdemos el tiempo incluso para comprendernos a nosotros mismos.

Sin embargo hay que hacer algo. Somos cada uno de nosotros quienes podemos y debemos hacer algo por el bien de todos.