1 de enero de 2010

Los que ya no están.

Fotografía: FM

Como cada día y en este primer día del año 2010 pienso en mi querido amigo Rafael Navarro, que nos dejó en este mundo el 17 de diciembre de 2004, hace ya un sólo olvido. La última vez que lo vi fue en la mañana fría de un 1 de enero de ese mismo año cuando nuestras miradas comprendieron que nunca más se encontrarían. Se llevó su cigarro a la boca dando la vuelta por una esquina esquiva y yo cogía la misma en un sentido tan contrario como la vida misma.
Y en esta nueva década que se nos impone echo de menos también a Marisa Candelas Albiñana, Pedro San Martín, Ana Ciudad, Manuel Casado, amigos tan cercanos como lejanos están los que aún viven. Parece mentira cuánto nos dejan aquéllas personas que por uno u otro motivo nos abandonan año tras año y sin embargo qué poco sabemos de cuanto nos dejan. ¿Cómo sería su obra sin ellos? Parece como si nunca hubieran existido. Y sin embargo, yo les echo de menos... cada día.

Al poco tiempo tuve el siguiente sueño:

La imagen de Rafa Navarro se cruzó de cerca bajo un sombrero, su tez blanca y su mirada perdida de ojos negros. Tan lejano que mi corazón herido lo acogió como bálsamo para el sueño. Se mezcló con otros escenarios recurrentes por mi psique repleta de imágenes de hombres conocidos, campos rocosos y aventuras interminables, perdiéndose en ese gran vacío que supone el despertar.
Sólo cuando más tarde me crucé en el camino con las dos chicas chinas que puntualmente acuden a su cita diaria con el colegio, comprendí que la belleza está en los demás y no en los sueños que llevamos para siempre.

La pena... sí, la pena va muy dentro.
Mi dolor que no duele
mis lágrimas de vacío.
No sabía ni de su sufrimiento ni de su alegría,
ni de su vida ni presente.
Sólo de su ausencia,
de su distancia siempre fija,
de su vida lejos de la mía,
del olvido y del recuerdo.
Del amor que siempre llevo
de lo fatuo y del pasado.
Del futuro que es ahora
y del futuro que no es nada.
Su sonrisa en mi mente
y su piel entre mis manos.
De mi muerte ante sus ojos
y de mi herida entre mi pecho.
Del desamor enamorado
y del amor quebrado.
De su vida imaginada
y de mis pasos por la vida.
Después de tantos años
el tiempo cesa compañero del espacio.