15 de mayo de 2009

Hace ya 30 años.





Fotografía: FM

El destino se encarga de unir a personas en una circunstancia derivada de otras muchas. La aleatoriedad de la vida te lleva a discurrir por ella siguiendo un camino que crees único y que no imaginas que pueda entrecruzarse con ningún otro. La despedida implica una larga ausencia que crees eterna por la fuerza del presente. El olvido nunca existe porque siempre es posible un futuro encuentro. Y las personas transcurren, viviendo sus vidas, alejadas de su pasado y recordando su olvido.

Sólo la memoria hará posible el reconocimiento en un encuentro fugaz, que nos depara la casualidad, y que hace que mis ojos penetren en tus ojos, hasta llegar adentro y confirmar que tú y yo vivimos juntos un tiempo ya olvidado en un presente que ignoramos.

Esperabamos un semáforo en el Paseo del Prado para avanzar en nuestro próximo futuro. Un largo autobús de la EMT nos impedía cruzar la calle cuando el hombrecillo verde nos estaba dando paso. Tú te dirigiste a mí y me comentaste algo que no entendí. Mis ojos se clavaron en tus ojos ausentes y un fiel recuerdo vino a mi mente. Nos conocimos hace 30 años en el desierto de Almería compartiendo el tiempo durante trece largos y penosos meses. Dudaba de tu existencia, de lo vivido, del presente, y sin embargo eras tú.

Al regresar de disfrutar de la exposición de Juan Muñoz en el Museo Reina Sofía, de nuevo te vi sentado en un banco con una mujer y un bote de cerveza en la mano. Al lado, un hombre hacia fotos con su teléfono móvil y tú sonreías. Parecíais los dueños de la calle. Y no tuve el valor de hablarte, permaneciendo distante a vuestra felicidad, pendiente del miedo. Sólo tuve el valor de fotografíar esa imagen como siempre, manteniendo la respiración, saboreando lo furtivo, detrás de la vida, observando a distancia y con el deseo de saber, ajeno a ti.

Y ahora esta imagen me persigue cada día para decirte algo.