26 de marzo de 2009

Tú, sólamente tú.

Fotografía: FM


Manuel se ha cortado las venas. Juan Carlos descansa en su litera con el síndrome de abstinencia; ¿cuándo le llevarán a un hospital? Miguel sigue borracho después de desayunar un botellín de cerveza; es curioso cómo un alcohólico consigue el delirium con un solo botellín de Mahou. Antonio disimula su meada de cada mañana en el colchón. Matías se ha caído de la tercera litera y me lo encontré con la cabeza abierta chorreando sangre; sus ataques epilépticos cada vez le pillan en sitios insospechados. Claro, que leyendo a Hegel no me extraña. Le tumbamos en una vieja manta y le llevé en un jeep desvencijado a enfermería. Creí que estaba dando las últimas convulsiones antes de morir. Ángel sigue con su depresión. No hace más que llorar y es un tío muy grande; no sé cómo aliviarle sin romperme yo mismo. Máximo continúa escribiendo cuentos entre copa y copa de Anís el Mono. Este jodido asturiano me provoca como nadie. Juntos alucinamos y creamos historias calurosas en noches calurosas. Y yo observo a todos. Siento a todos y me olvido de mí mismo para vivir el tiempo de otros. ¡Cuanto amor en tanta desgracia! Javier lee absorto el periódico; espera la próxima partida de póker con su amigo el murciano. Manolo prepara unas gachas en su infiernillo; este manchego me hace recordar continuamente que soy manchego. Juan pasea de un lado a otro de la compañía en un silencio inmutable, continuamente, sin descanso, hora tras hora, mirada tras mirada, silencio tras silencio; me da pena, pues no canaliza por ningún sitio. Cada uno aguanta como puede. Es domingo y esperamos con ansiedad la película de la noche. Falconetti, la serie televisiva de moda, es la catarsis, preludio del lunes, cuando cada uno será portador de su propia guerra y hará otra guerra fantasma que ya no nos asusta: la de todos, la existencia como colectivo.


En un lugar del desierto de Almería. 1979


Fotografía: FM